Inicio Opinión José L. Pérez Triviño Jugando con la violencia

Jugando con la violencia

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ultras violentosJosé Luis Pérez Triviño.
Prof. titular de Filosofía del Derecho.
Universitat Pompeu Fabra.

La reciente noticia (El Mundo, 11/6/2013) de la muerte de un aficionado, presuntamente a causa de un disparo  por parte de un policía, en el transcurso de una reyerta entre aficiones rivales en las afueras del estadio de la ciudad de La Plata donde se disputaba el partido Estudiantes-Lanús, vuelve sacar a la palestra uno de las aristas más perturbadoras del deporte, y del fútbol en particular como es la violencia entre los seguidores más radicales de los equipos. Como es bien sabido, en Argentina muchos clubes son apoyados por las conocidas como «barras bravas»,  grupos más o menos numerosos de aficionados que destacan por su pasión y fidelidad al club al que idolatran,  y que  convierten el prepartido, el partido y el postpartido en todo en un espectáculo. Cualquiera que haya tenido la ocasión de estar presente en un partido de fútbol argentino concluirá que en comparación, asistir a un partido de fútbol español es lo más parecido a presenciar a un concierto de música clásica.

Es un tópico señalar que el deporte es un ejercicio de guerra sublimado y ritualizado. Muchas disciplinas deportivas pueden ser caracterizadas como «miniaturizaciones de la guerra» debido no sólo al enfrentamiento subyacente o explícito entre individuos o equipos, sino también por el uso de estrategias, tácticas y, en ocasiones, de la violencia. Tal oposición se extiende a las aficiones de los equipos contrarios, llegándose al punto más álgido cuando la rivalidad es extrema. Las tensiones entre esos equipos enfrentados pueden ser de diferente tipo: razones culturales, históricas, políticas o territoriales. No hace falta apenas señalar las rivalidades en el ámbito futbolístico entre el Real Madrid y el FC Barcelona por razones político-territoriales. También son bien conocidas las rivalidades entre las «barras bravas» de los equipos argentinos en general y, entre Boca y River, en particular. Otras son de índole político-clasista, como por ejemplo las que se producen en Israel entre los equipos que se denominan «Hapoel», cuyo sentido en nuestro idioma sería el de «trabajador» pues normalmente procedían de organizaciones sindicales. Frente a estos equipos de clase trabajadora están los que tienen en su denominación «Beitar» y que son más próximos a la derecha política. Otras variantes que en ciertas ocasiones han hecho emerger mayor pasión y violencia han sido los enfrentamientos entre equipos que se vinculan con un credo religioso. Quizá el ejemplo más conocido sean los partidos entre los equipos escoceses del Glasgow Rangers y del Celtic, donde los primeros se asocian al catolicismo y los segundos al protestantismo.

En general, y afortunadamente, las tensiones entre aficionados suele ser pacífica. Es más, se ha señalado que la expresión emocional en los estadios de fútbol tiene efectos positivos desde un punto de vista social. El deporte es en muchas ocasiones una válvula de escape para los integrantes de las capas más sufrientes de la sociedad, que así se pueden evadir aunque sea por un breve espacio de tiempo de las penurias cotidianas.

El problema es cuando se traspasa el umbral de la violencia, produciéndose batallas campales con resultados lesivos e incluso muertes. En este apartado, Argentina tiene una historia desdichada. Basta recordar que en 2008 hubo 33 heridos durante la temporada futbolística argentina, o como se recuerda en la noticia que da pie a este artículo, en los últimos meses han sido asesinados a tiros dos hinchas. Es cierto que en ocasiones los brotes de violencia son espontáneos, lo cual los hace más incontrolables, aunque por cierto, no más justificables. Piénsese en la tragedia de Heysel. Pero esto no es el caso de las barras bravas o de los grupos radicales que pululan también en el fútbol español. Aquí nos encontramos con grupos perfectamente organizados. No solo para cantar o jalear a su equipo. También para ejercer la violencia si se dan ciertas condiciones, que en muchas ocasiones ellos mismos propician. Y lo más grave es que están financiados por los respectivos clubes.

Una de las pocas gestiones que merecen alabarse al expresidente del FC Barcelona fue precisamente romper los vínculos económicos que unían al grupo radical «Boixos Nois» con el club. Para hacerse una idea de la virulencia de este grupo, hace unos días algunos de sus miembros se enzarzaron violentamente con la policía autonómica en el transcurso de un juicio.  Afortunadamente, el líder de los Casuals (la facción más radical de los Boixos Nois), Ricardo Mateo, ha sido condenado a 12 años de cárcel por la Audiencia de Barcelona, al haberse constatado un historial criminal más que notable. En cambio, otros clubes siguen manteniendo a estas organizaciones protocriminales bajo la excusa de su apoyo incondicional al equipo. Las directivas de los clubes tienen aquí una responsabilidad incuestionable. Y no se pueden amparar en que estos grupos son garantía de apoyo al equipo. Ni son condición necesaria ni suficiente para los objetivos que se persiguen. Hay otras formas de fomentar que los aficionados de a pie y pacíficos apoyen entusiásticamente durante los partidos. Si se persiste en actitudes tolerantes con estos grupos se corre el riesgo de espantar al público más familiar de los estadios de fútbol. Y constatar que eso sí se puede lograr basta ver quién va a los campos de fútbol y como se comportan los aficionados en Alemania.