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La Máquina sin Sentimientos

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la maquinaEspaña ya está donde quería, donde se le esperaba. Implacable, la selección avanza hasta la final de Maracaná tras aplastar a los campeones de América, África y Oceanía. En Río de Janerio espera un anfitrión sediento de alegrías. Es su torneo y lo juegan en casa. Son un buen equipo, cuentan con el apoyo de la grada y además tienen a Neymar, que les ha mantenido en pie durante todo el campeonato. Y tienen cinco estrellas. Pero, pese a todo, Brasil aguarda receloso. Todos sus temores se confirmaron ayer. Se medirán a España, capaz de humillar en una noche plácida, e indomable incluso en momentos desesperados. Equipo peligroso y traicionero. Inabordable. La campeona de Europa y del Mundo. Campeona de todo. Una auténtica máquina sin sentimientos.

La última víctima fue Italia. Otra vez ellos. La escuadra de Prandelli se presentó con la lección muy bien aprendida y maniataron el centro del campo español. Pirlo, escoltado por De Rossi, Marchisio y Candreva, orquestaron una rebelión en la media que nadie esperaba. Busquets, único pivote de La Roja, pasó la noche apagando fuegos de un lado para otro, desbordado por el trabajo, por una Italia que le superaba en número y en bravura. La primera parte, que al principio pintó bonita, se convirtió pronto en una angustia que se extendió también al segundo período. Sin duda, Italia quería ejecutar su vendetta y sabía cómo hacerlo. Pero entonces apareció él. Iker Casillas mostró a sus compañeros, a España, a Italia, y a todos los entrenadores del mundo mundial, que su indiscutible titularidad es una cuestión de jerarquía -por supuesto-, de talento y de méritos. El capitán reapareció en una gran cita y, en medio del caos, se entretuvo en sacar dos goles cantados a Maggio para mantener con vida a España.

Y es que los argumentos de Italia fueron mucho más que presión y orden en todos los momentos del juego y en todos los sectores del campo. No sólo blindaron el área de Buffon sino que, además, supieron tratar el balón con mucho sentido y lograron crear situaciones de verdadero peligro. Por fases, hasta discutieron la posesión a España. Italia fue una amenaza constante, un equipo honrado que dio todo lo que tenía y que, probablemente, mereció mejor suerte. Pero su partido perfecto no fue suficiente.

Ahí está el mérito de la selección. España se ha hecho mayor y se ha especializado en ganar este tipo de partidos. Cedió, crujió, pero no llegó a quebrarse. Mentalmente es una roca. Sufrió durante noventa minutos y después se creció en la prórroga para acosar con fiereza la portería de Buffon. Mata, Navas y Javi Martínez salieron durante la segunda mitad para dar oxígeno a un equipo en el que sólo había brillado Andrés Iniesta. La entrada del centrocampista navarro por Fernando Torres sonó extraño, sin embargo, tenía mucho sentido. Del Bosque le pidió que aprovechara su envergadura y sus pulmones para ejercer de ‘9’ en situaciones de ataque, y que se incrustara junto a Busquets en situaciones defensivas. Así que Javi Martínez se dejó el alma y la piel y el plan funcionó.

Ya en los penaltis, a ninguno de los jugadores le temblaron las piernas y se vieron lanzamientos extraordinarios. Imposibles los milagros, Bonucci no pudo soportar la presión de la muerte súbita y lanzó el balón a las nubes. Después, Jesús Navas cogió el testigo de Cesc y metió a España en la gran final. Otra vez, Italia se quedaba en la tanda de penaltis ante su bestia negra. La pesadilla de Brasil. Un equipo invencible que jugará su cuarta final en cinco años. Quién lo diría…