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Mandela: Los derechos humanos a través del deporte

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José Manuel Ríos Corbacho

Profesor de Derecho penal de la Universidad de Cádiz

Director del  Forum de Derecho, Ética y Deporte UCA

mandelaHa muerto Madiva.Todos los que nos consideramos amantes de la democracia y de los derechos fundamentales estamos de luto. Se ha ido uno de los grandes, un mártir del siglo XX que tuvo un poco más de suerte que los otros miembros del tridente de ataque de la paz: Martin Luther King y Mahamat Ghandi. Vaya tres “jugadores” para el equipo de la solidaridad, de los valores y de los derechos humanos.

El bueno de Mandela hablaba de que “su ideal más querido es el de una sociedad libre y democrática en la que todos podemos vivir en armonio y con iguales posibilidades”. Ni que decir tiene que su vida estuvo marcada por la igualdad de derechos y de su ansiada equidad de blancos y negros que le costó mucho disgustos en su travesía vital.

El líder sudafricano pasó la friolera de 27 años y medio en prisión. Sin lugar a dudas, a él no se le aplicó la doctrina Parot, que hoy día está de moda, es más, fue un víctima del sistema de la hegemonía blanca sobre su pueblo, una opresión a la que se enfrentó con valor, sin acritud y, sobre todo con un perdón humano dignos de los más grandes como él lo era, señalando igualmente que “el perdón libera el alma, elimina el miedo. Por eso es una herramienta tan poderosa”.

Para llegar a parar con sus huesos en el ámbito carcelario, tuvo mucho que ver su veta vanidosa que, como no podía ser de otra manera, le perjudicó. Tomando como modelo al Che Guevara y empeñado en ser como el él, adoptó un eslogan popular en la época, “Tomaremos el poder a la manera de Castro”, e insistía, en contra de las advertencias de sus amigos, en llevar uniformes revolucionarios de color verde cada vez que aparecía en público, pese a que la policía le había designado como el hombre más buscado de Sudáfrica. Su incapacidad de mantener la discreción que exigían sus circunstancias fue una de las razones de que lo detuvieran en 1962.

La cárcel lo moderó y le encauzó hacia unos objetivos políticos realistas. Entró lleno de furia y salió ilustrado, pero siempre impulsado por la convicción heroica de que el respiro que había obtenido en su juicio en 1964, cuando lo condenaron a cadena perpetua en lugar de a muerte como se esperaba, le obligaba a cumplir su destino como redentor futuro de su pueblo. La gran lección que asimiló fue que el enemigo no iba a caer derrotado por las armas; que habría que convencer un día a los surafricanos blancos para que entregasen el poder voluntariamente, para que acabasen con el apartheid ellos mismos. La prisión, la celda pequeña en la que vivió en Robben Island durante 18 años, fue su campo de entrenamiento para la gran partida que le aguardaba fuera.

Durante sus últimos cinco años en la cárcel, llevó a cabo una ingente cantidad entrevistas secretas con el ministro de Justicia, Kobie Coetsee, y el jefe nacional de los servicios de inteligencia, Niel Barnard; el propósito de las reuniones era explorar la posibilidad de un acuerdo político entre negros y blancos. Mientras se iba ganando la confianza de estos dos turbulentos personajes, consolidó su autoridad sobre los demás presos políticos, igual que lo iba a hacer después con la población negra en general.

Y es que después de todo este periplo carcelario llegó a obtener su liberta con el respaldo de su pueblo y como él mismo decía: “ser libre no es sólo liberarse de las propias cadenas, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás”.

Pero, a mi juicio, la gran obra maestra del líder negro fue la de intentar respetar los derechos humanos, la conexión entre blancos y negros en Sudáfrica, esto es, eliminar el Apartheid a través del deporte, al que le daba mucha importancia indicando que “el deporte tiene el poder de transformar el mundo. Tiene el poder de inspirar, de unir a la gente como pocas otras cosas… Tiene más capacidad que los gobiernos de derribar barreras raciales”.

Para este camino utilizó un deporte tan noble y tan querido en su país como es el rugby. De modo que, al año de aceptar la presidencia, en la Copa del Mundo de rugby, que se celebraba en Sudáfrica por primera vez. Logró la extraordinaria hazaña de convencer a su propia pueblo para que apoyaran a los Springboks, la selección surafricana, con lo que transformó uno de los símbolos más odiados de la opresión del apartheid en una herramienta de unidad. A pesar de que solo había un jugador que no era blanco en el equipo, los negros, adoptaron a los Springboks y empezaron a considerarlos representantes lógicos de la nueva bandera nacional. Es imposible olvidar cómo, en la final de Johannesburgo, en la que venció Sudáfrica, prácticamente toda la multitud de blancos (los aficionados al rugby no habían estado precisamente en la vanguardia del progresismo racial durante los años del apartheid) gritaba su nombre. Cuando Mandela entregó la copa al capitán del equipo, François Pienaar, un grandullón rubio hijo del apartheid, le dijo: “Gracias, François, por lo que has hecho por nuestro país”. “No, señor presidente”, replicó Pienaar, con una enorme presencia de ánimo. “Gracias a usted por lo que ha hecho por nuestro país”.

Mandela culminó su doble misión imposible del liderazgo político. Persuadió a todo un pueblo, el pueblo con más división racial de la tierra, para que cambiara de opinión (John Carlin, “Muere Nelson Mandela, el hombre que liberó a la Sudáfrica negra”, Diario El País, de 5 de diciembre de 2013).

Después de este relato, cabe poner de manifiesto la importancia que posee el deporte para la protección de los derechos humanos, para intentar eliminar el racismo, la xenofobia, la violencia y, sobre todo en aras de conseguir la ansiada paz mundial. Mandela fue un personaje crucial del siglo XX, ratificado por la obtención del premio Nobel de la paz, y su sombra será tan alargada que durará por los siglos de los siglos. Un hombre mítico que ayudó a ser un poco mejor a la humanidad. Sirva este pequeña exposición como homenaje de los que conformamos Palabra de Fútbol, a uno de los grandes, un auténtico “balón de oro” de la tolerancia, el respeto y los valores del ser humano, cuya vida e historia y la asimilación de su filosofía nos permitiría ser mucho mejores personas. ¡¡¡Gracias Madiva!!!. ¡¡¡Descanse en paz!!!