Inicio 1ª División Las primas a terceros: “Poniendo barreras al campo” desde la filosofía

Las primas a terceros: “Poniendo barreras al campo” desde la filosofía

Compartir

 

imagesFrancisco Javier López Frías. Doctorando en filosofía moral en la Universidad de Valencia

Especialista en ética y filosofía del deporte

El pasado 4 de mayo, Luis Rubiales, presidente de la AFE, sugirió que las primas a terceros con el fin de incentivar la victoria deberían legalizarse y controlarse. A la base de su propuesta está la vieja idea de que, dado que no podemos evitar que este tipo de primas existan, al menos, hagámoslo para que se realicen de un modo limpio y transparente. El punto de vista de Rubiales corresponde con el del observador realista de la realidad para el que, ante un deporte tan comercializado y profesionalizado como nuestro fútbol, tratar de frenar las primas a terceros es igual de difícil que tratar de poner barreras al campo.

No obstante, en la posición de Rubiales encontramos una razón de mayor interés, sobre todo, para aquellos que trabajamos en la filosofía del deporte: a través de las primas a terceros nos aseguraríamos de que los equipos que no se juegan nada en la competición, den lo máximo de sí mismos y se esfuercen por lograr la victoria. Lo cual nos permitiría mantener la tensión y emoción que tanto valoramos de nuestro deporte. Lo cual puede comprobarse claramente en la sensación de fascinación que hay en los aficionados del fútbol español respecto al final de Liga.

En un mundo del deporte ideal, ese que los puristas del deporte tratan de asimilar al deporte amateur del S.XIX, estos incentivos no deben ser permitidos. Que el deportista se vea motivado por algo que está más allá del juego en sí mismo, como el dinero, atentaría contra el ideal del deportista que sólo se concentra en los bienes internos del deporte. Sin embargo, por mucho que esto nos pese, nuestro mundo del deporte no es ideal. Los deportistas son también profesionales, tienen interés por el juego, por supuesto, pero también por otros elementos como el dinero.

La filosofía del deporte queda, pues, en una encrucijada: dejarse llevar por el romanticismo del ideal amateur o poner pie en la realidad y concebir el deporte como algo que es mucho más que un juego (incluso cualquier cosa menos un juego). En el primer caso, las primas no tienen lugar alguno en nuestro fútbol, en el segundo, los incentivos económicos están legitimados. Si tomamos, como Rubiales, este último camino “más realista”, nos encontramos con un segundo problema: el relativo a la justicia. Legalizar las primas a terceros otorgaría a los equipos más poderosos económicamente una influencia mayor sobre el juego que aquellos que no disponen de tantos recursos económicos. Mientras que, por ejemplo, el F.C. Barcelona podría primar al Celta para que juegue a tope contra el Real Madrid, parece que, según declaraciones de su presidente, el Atlético de Madrid no dispone de los recursos para incentivar del mismo modo al Elche para que lo dé todo ante el club culé. ¿Qué sería lo correcto entonces?

Una posibilidad sería que, siguiendo el sistema establecido en la Liga de Campeones, sea la propia Liga de Fútbol Profesional la que ofrezca ciertos incentivos por cada victoria conseguida en las últimas jornadas de Liga. Si estas ayudas se universalizan, y se extienden a todos por igual, solventamos el problema de la injusticia generada por las primas a terceros. Sin embargo, esto significaría admitir de lleno que el fútbol se practica por algo más que el amor a él mismo, que nuestro deporte es una práctica comercializada más. ¿Están las organizaciones deportivas dispuestas a aceptar esto? Aunque pese a los más puristas, esto no parece descabellado. La Liga de Fútbol ya toma muchas medidas desde el punto de vista realista. Por ejemplo, no fiándose de que los equipos compitan siempre al 100%, ponen todos los partidos importantes de las últimas jornadas a la misma hora para que nadie especule con el resultado para favorecer a terceros.

Estas son algunas de las dudas que la filosofía se plantea en lo referente a la cuestión de las primas a terceros. Al contrario de la imagen del filósofo tan denostada por ese Mourinho sofista (que a falta de argumentos, tanto dentro como fuera del campo, se limita a desacreditar a sus rivales asimilándoles a algo que, sin fundamento, considera negativo: el “filósofo”), no compete a la filosofía decidir qué hacer sobre esta cuestión, sino mostrar todos los caminos sin salida y paradojas a las que nos conduce para que sean los encargados del mundo del fútbol quienes decidan qué es lo mejor para el mundo de este deporte. El debate está, por suerte, servido.