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El lado oscuro del deporte

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tenisVivimos en una sociedad de riesgo. Volar en avión, conducir por una autopista, vivir cerca de la cuenca de un río o de una empresa química ya nos expone a un peligro. El deporte no es una excepción. Y no nos referimos únicamente a la probabilidad de sufrir lesiones sino a ciertos efectos adversos de los que se habla menos y que están enquistados en su propia esencia, en especial, en la del deporte de élite. El fallecimiento del exjugador de baloncesto Lalo García, encontrado en el fondo del río Pisuerga, trae a la actualidad una nueva muestra de la existencia de ese lado oscuro del deporte. Mucho se habla de los elementos positivos que aporta el deporte – espíritu de sacrificio, compañerismo, solidaridad, aprendizaje de la derrota, etc. – sobre todo a los niños en período de formación y, por eso, los padres en concreto y la sociedad en general alabamos la práctica deportiva y alentamos a nuestros hijos a que se inscriban en un club de fútbol, de natación o de tenis.

Sin embargo, con frecuencia la realidad del deporte está lejos de esa visión ideal, por cuanto de su práctica surgen para sus practicantes (y para quienes lo contemplan) actitudes no tan loables como las expuestas: competitividad, agresividad, violencia, racismo, etc. De entre todos esos factores habría dos, muy relacionados entre sí, que merecen un tratamiento específico en el deporte de élite, o deporte espectáculo en el que frecuentemente se convierte.

En primer lugar, si bien es cierto que el deporte es salud, también lo es que su exceso puede resultar perjudicial en la alta competición, aunque también en el deporte de aficionados donde cada vez más frecuentemente personas sin la debida preparación y sin ser del todo conscientes de los riesgos, participan en competiciones (maraton, triatlon, “ironman”, etc) en las que ponen al límite su cuerpo y por ende, en serio peligro su integridad física. El deporte tomado (demasiado) en serio supone interminables entrenamientos, calendarios apretados, una elevada exigencia que supone rendir al máximo y mantenerse en la cúspide, una mala alimentación, un escaso descanso, etc., convirtiéndose así en motivos de que muchos atletas sufran lesiones y graves secuelas de por vida. Y es que la alta competición es un ámbito del deporte en el que, en más ocasiones de las que imaginamos, se suele instrumentalizar al ser humano al reducirse la realidad de éste a ganar y obtener medallas, donde los deportistas y atletas son tratados más como objetos de producción que como personas, lo que supone la pérdida de su dignidad y la concepción del deporte como algo opuesto a esa escuela moral que pretende ser. No hay más que ver cómo terminó la maratón de Austin, en Texas, la atleta keniata Gnetich; en los últimos metros, a gatas, sin fuerzas para mantenerse en pie, la persona desapareció dando paso a la máquina, que continuó descontrolada y arrastrada por el asfalto hasta llegar a meta porque era para lo que estaba programada, ofreciendo un triste espectáculo de escasa dignidad.

En segundo lugar, cuántas veces leemos en los medios titulares como “La soledad final del deportista de élite” o “El día después de la medalla”, en los que se cuenta la dificultad de los deportistas de alta competición para enfrentarse a ese incierto momento de la retirada y poder afrontar una nueva vida lejos de la élite competitiva. La vida del deportista de alta competición es corta y con frecuencia son elevados al Olimpo de los Dioses. La brevedad de ese período deportivo, su aislamiento de la sociedad y, en ocasiones, unos ingresos económicos altísimos, conducen a que ese deportista viva en una burbuja de irrealidad que, si no se gestiona bien, cuando explota devuelve a aquél a una vida real plagada de fracasos afectivos y patrimoniales. Y es este peligroso abismo que separa la fama de la cotidianeidad el que ha provocado que no pocos deportistas hayan terminado suicidándose, arruinados o sucumbiendo a las drogas y el alcohol convencidos de que sus vidas carecen de sentido una vez que lo han conseguido todo y no hay nada por lo que seguir luchando. Tristemente recordados, los casos de héroes caídos como Jesús Rollán, Luís Ocaña, Marco Pantani, el “Chava” Jiménez o el propio Lalo García no son los únicos.

El mundo del boxeo es quizá el más afectado por este tipo de historias. Sin duda el caso más sintomático es el de Poli Díaz, uno de los más grandes boxeadores de nuestro país que cayó en la droga y acabó muy mal parado por una vida plagada de abusos. Otro ejemplo parecido y muy conocido en el mundo del fútbol es el del ex futbolista del FC Barcelona Julio Alberto, que fue retirarse y caer de lleno en el mundo de las drogas. Un mundo del que le costó horrores salir pero del que afortunadamente se alejó dedicando su vida a dar charlas a jóvenes para evitar que pasen por el mismo calvario que él. No tuvo la misma suerte el bueno de Canito, que triunfó en su etapa en el Real Betis, y que, desgraciadamente, no pudo superar su adicción a las drogas y falleció de una sobredosis años después de su retirada deportiva. En definitiva, podríamos contar mil historias que dejan a la luz lo tremendamente exigente que puede resultar la vida de un deportista de élite, lo difícil que es adaptarse a la fama y, sobre todo, lo cruel que puede llegar a ser desprenderse de ella.

Y es que una visión realista del deporte nos muestra que en muchas ocasiones las consecuencias que produce en el deportista y en la propia sociedad no son siempre las esperadas. Además, lamentablemente, son los propios deportistas, las autoridades deportivas, las grandes compañías y los aficionados los que no estamos dispuestos a renegar del deporte como espectáculo, sin preocuparnos por cómo será de la vida de los gladiadores cuando el circo acabe. Por eso se hace necesario que desde el Consejo Superior de Deportes, federaciones y clubes se trabaje desde el deporte de base para formar y desarrollar humanamente a los deportistas y no solo como máquinas, de modo que, pudiendo obtener éxitos durante los años de práctica deportiva, puedan enfrentarse fuera del ámbito deportivo a una nueva realidad con herramientas útiles y eficaces. Un ejemplo a seguir en otras disciplinas deportivas es el trabajo que se lleva a cabo desde la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE), velando por el desarrollo de la carrera deportiva de sus afiliados y su posterior promoción laboral, garantizando sus derechos laborales, económicos, formativos y sociales, presentes y futuros. Asimismo, también es cierto que cada vez hay más empresas que se dedican al asesoramiento económico y financiero de deportistas para gestionar su patrimonio y capital para la vida posterior al éxito deportivo, pero no hay una preparación emocional para un cambio tan drástico de sus condiciones de vida.

Desde aquí rendimos nuestro pequeño homenaje a todos esos deportistas que finalizan una exitosa carrera en la que lo han dado todo y que al día siguiente se levantan y no hay más competiciones, ni torneos, ni medallas, ni aplausos ni reconocimientos. La vida implica una constante evolución, pero también es cierto que solo evolucionan los que se adaptan.

 

Eva Cañizares Rivas. Abogada y vicepresidenta de la Asociación Andaluza de Derecho Deportivo

 

José Luis Pérez Triviño. Profesor titular de Filosofía del Derecho (Universidad Pompeu Fabra) y presidente de la Asociación Española de Filosofía del Deporte