Inicio 1ª División Sin alma unos; otros sin Messi

Sin alma unos; otros sin Messi

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Luis Suarez Quienes nos aventuramos a analizar el deporte de élite, con mayor o menor criterio, nos exponemos a las bofetadas de la ciencia inexacta de la predicción. La de servidor dibujaba un Clásico parejo con un Real Madrid menos deshecho y deslavazado de lo que las lenguas viperinas de esta profesión escupían.

La evidencia tras el duelo de ayer sí que muestra una alta y casi ilógica toxicidad en el organismo vital de la plantilla de Benítez, causada, según los síntomas y las elucubraciones, por los propios métodos del técnico madrileño y la nostalgia de convivencias mejores. Ese feeling, siempre primordial entre técnico y jugadores, parece ser el factor determinante que separan, en cuestión de pocos meses, a un Real Madrid de récord (22 triunfos consecutivos la temporada pasada con Ancelotti al mando), y este barco merengue a la deriva y ridiculizado en su feudo por el máximo rival. Algo habrá de eso, no lo dudo, porque son los mismos futbolistas, pero se debería apuntar más a éstos mismos, que son los que ayer carecieron de alma y amor propio sobre el césped del Bernabéu, y enfrente de una audiencia potencial de 400 millones de espectadores alrededor del planeta. El mayor pecado que puede protagonizar un jugador es limitarse a ser un dorsal en una camiseta. La misma se ha de llenar de voluntad y personalidad para alcanzar la versión que se exige de uno. Luego, el acierto, es un valor que no se puede preestablecer.

Cuando ayer el Barcelona de Luis Enrique, con cuatro mediocampistas en lugar de tres, comienza a dominar dicha parcela y, por tanto, el encuentro, es responsabilidad de Cristiano, Benzema y Bale ayudar en tal descompensación. Involucrarse en la tarea de no regalarles la batuta del juego a los azulgranas, lo que es sinónimo de derrota casi segura. Claro, eso implicaba correr y trabajar en defensa. No sólo estar sonriente para la foto de portada en el gol del triunfo. En cambio, ninguno mostró el más mínimo interés en ello. Carecieron de competitividad. De espíritu colectivo. De alma futbolística. Y, con ello, mandaron al paredón a sus compañeros en la medular y en defensa. Dolió a la vista ver tal indolencia en partido de tal magnitud. Benítez traicionó su libreta de directrices, prescindiendo de Casimiro, Isco y Jesé, pero sus pupilos lanzaron al mundo un preocupante mensaje de descreencia en él. Todo lo contrario que los chicos de Luis Enrique, al que no le tiembla el pulso en variar el sistema, los jugadores, en función de su ideario. Y los blaugranas responden. Ante las adversidades, enfrentan orgullo.

Se esperaba el Clásico para calibrar las verdaderas posibilidades de los culés en un partido top sin el mejor de inicio. Y se confirmó. Este Barcelona ya no es sólo Messi. Neymar ya debe haber elegido el traje que lucirá en enero en la gala del Balón de Oro. Y Suárez, sólo verle perseguir a Modric como un poseso hasta robarle el esférico y propiciar el tanto de Neymar, le define. Y otros muchos nombres propios que podríamos citar. Trabajaron y se sacrificaron los unos por los otros. Ahí radicó la gran diferencia en este Clásico.