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Zidane y las conversiones saúlicas

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Zidane al mal tiempo, también, buena cara
Zidane

Zidane. Ya se ha dicho casi todo sobre Zidane. Se le negó en términos absolutos y, aquella rotundidad de las negaciones, ha servido para que estos días se produzcan retruécanos que engrandecen al fútbol. Solo el fútbol, en su magnanimidad, permite defender una cosa y la contraria y que nadie salga con el prestigio tocado.

A mitad de camino entre la negación pura y el golpe de pecho exagerado y teatral, reconociendo errores de apreciación técnica, están los retorcimientos verbales y las argumentaciones esotéricas. Vamos, un numerito en toda regla.

Dejando a un lado los espectáculos nada edificantes que se dan cuando se habla desde las tripas, lo de Zidane tiene mérito. No solo por los títulos, además de los títulos. Lo que más me ha gustado de Zidane es comprobar que a partir de la autoridad técnica – lo digo y lo hago – y sobre un plano de jerarquía personal, ha logrado cuadrar el círculo, “cuadrar” el vestuario del Real Madrid: lo que puede el cariño, no lo consigue la fuerza.

El entrenador francés ha hecho de la naturalidad, norma de conducta y, de la recta, “la distancia más corta entre dos puntos”. Sabe cómo piensa un jugador, cómo se alegra, cuándo está feliz y cuándo se enfada. Cuándo se le debe hablar y cuándo callar. Ha usado las palabras justas. Ni una explicación de más ni un razonamiento de menos. El que lo ha vivido dentro lo sabe y podría firmar, sin duda, lo que digo.

El fútbol se juega casi siempre con los pies pero, en todos los casos, nace en la cabeza. Zidane se ha ocupado mucho de la cabeza y de conseguir que la mente del jugador entendiera y aceptara “grupo y familia” como objetivos personales que, después, llevarían a los objetivos deportivos.Tanto que en Cardiff lo repetían todos como un mantra: familia, familia, familia.

A su favor ha jugado la admiración de los futbolistas. Lo admiran, lo respetan. Eso evitó que los descontentos conocidos, a los que hace dos meses se unirían dos no esperados, lamieran sus heridas dentro del grupo, se expresaran fuera con respeto y en clave integradora siempre. El miedo a quebrar el compromiso solidario, al que les indujo el discurso repetido de Zidane y que todos asumieron, hizo que sus gritos disconformes y personales solo fueran a cencerro tapado. Sonaron dentro y poco. Nada ha perturbado el objetivo común. Ni en los momentos más críticos.

Luego, solo se trataba de seguir la hoja de ruta en el campo, calcar la solidaridad del vestuario y desplegar el talento que sobra en esa plantilla, para que el plano de ZZ les condujera a puerto. Dificil de ver desde fuera, quizás, pero sencillo en toda su complejidad.

Lo más difícil para Zidane, aunque se le haya notado poco, ha estado fuera. Lo complicado ha sido esquivar los golpes que buscaban a Florentino Pérez y que, en ausencia del presiente, le llegaban a él: “el último capricho”.

Unas veces “por la peana se adora al santo” y otras “le atizo a la peana porque al santo no llego”. Tengo la sensación de que, por delegación, Zidane ha sido muy castigado. Me extraña que él y su trayectoria deportiva hayan levantado tanta inquina en tan poco tiempo. Es poco creible. Ha habido mucha desproporción en los ataques y eso siempre levanta sospechas. A mí, que miraba con atención el fenómeno Zidane, me hizo pensar en qué habría detrás de tan obstinado intento de descrédito.

Superó los cien días y luego vino lo peor. Ganó la Supercopa y más leña. El Mundialito y se baticinó debacle en enero. El resto ahí está. Ya es historia. Sea como fuere, el técnico que siempre sonríe, ha provocado una legión de conversiones saúlicas. No está mal. Milagro. A ver qué dice el Papa Francisco que es muy futbolero.