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La duodécima “orejona” a lo cubano

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Eduardo Grenier.- Tarde calurosa. Clima insoportable. El sol, incisivo y picante como un chile, amenaza con derretir las piedras. Quien otea el panorama advierte la preponderancia entre el gentío del color blanco. Blanco como las nubes, escasas a esta hora, y como el Madrid, el Real, el multicampeón de Europa.

En minutos comenzará el cotejo que todos esperan desde hace horas, días, incluso meses… y La Habana luce desértica. Inaudito es que una populosa ciudad como esta acuse de falta de transeúntes en un horario pico. Felices andan, eso sí, quienes requieren utilizar el transporte público. Los choferes, en cambio, lucen rostros de pocos amigos, a sabiendas de que sus ganancias serán menores esta vez.

La explicación al fenómeno es escueta y sencilla, inherente a los amantes del deporte. Inexplicable para los ajenos- aunque esto también suena inexplicable- al fabuloso mundillo del músculo. Lo cierto es que la gente, en su mayoría, «se recogió» en sus casas porque el reloj apunta que el tufo de la finalísima de Champions se ha adueñado ya de las arterias cubanas.

Es el partido más importante de la temporada y nadie se lo quiere perder. Algunos, incrédulos, se preguntan el porqué de tanto fanatismo con lo que no es, a su entender, mucho más que un puñado de tozudos corriendo sin rumbo tras un balón. La réplica de los apasionados al deporte más hermoso del mundo es clara, tomada de un slogan que emana de las gradas del Calderón: No lo pueden entender.

Suenan los acordes del himno de la Champions. Solo de pensarlo se me ponen los pelos de punta. Todos en Cuba ya están en vilo ante la pantalla. Tienen listas las cervezas y los dados de queso, chirozo o jamón, como amerita un acontecimiento de semejante categoría. Hay que disfrutar. Algunos, valga aclararlo, creen que en ello les va la vida y deciden ver el desafío en la soledad, sufrir callados y presumir de las cábalas.

El resto hurga las mejores opciones en hoteles y cines para vivir a fondo el ambiente, emulando lo típico de un graderío. Así estuvieron los siempre fieles de la Peña Madridista de La Habana, quienes se han desvivido durante más de diez meses para ver hermanados el devenir del equipo de sus sueños.

También los hay que al blanco le han adherido listas negras. Bianconeris, se diría en italiano. Son pocos en Cuba los fans a la Vecchia Signora, mas puedo dar fe de que los hay, y muy vehementes, que llevan como lema la “storia di un grande amore”.

Al fin arranca el duelo. El árbitro rompe de un soplido la tensión. Comienzan 90 minutos del deporte más hermoso del mundo, frase bíblica en este archipiélago. El espectacular narrador chileno Luis Omar Tapia la hizo célebre. Hay silencio al inicio.

Pero de pronto, cuando crees que la calma será eterna, retumban los cimientos de las casas. El escándalo se adueña del barrio. ¡Hay un gol! Cristiano marca y los madridistas explotan. Golpes contra las ventanas y salas revueltas. No pasan cinco minutos y la bulla la ponen los de la Juve, y los del Barcelona, que ahora son bambinos, con el tanto antológico de Mandzukic. El resto de la historia todos la saben.

Suena el pitido final y las calles de La Habana retoman su cariz habitual. Esta vez regresa con el sonido inconfundible de la música cubana, esa que se hace con un pedazo de palo y una lata vieja. También noto búfanas que nada tienen que ver con la elevadísima temperatura, y banderas que ondean desde almendrones, y camisetas que hacen de gorros.

Hay pasión por el fútbol. Al madridismo tocó esta vez demostrarlo. En el corazón de Cuba se celebró la duodécima con el mismo fervor que en el hogar del mismísimo Florentino Pérez. No hizo falta la elegancia de Cibeles, ni la inmensidad del Bernabéu. Bastaron solamente una pantalla y la ilusión de muchos, como en mi barrio, donde al concluir el partido los contrarios debatieron durante horas, aunque unos celebraran y otros debieran marcharse cabizbajos. ¡Pero de la botella de sidra tomaron todos!