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Interpretando a Morata

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Álvaro Morata sale de nuevo al balcón de los deseos. Esta vez ya tiene plumaje propio y no se trata del neófito que busca espacio para ensayar vuelos y tiempo para acumular minutos en el cielo de los elegidos. Se va del Real Madrid un jugador que, mirando tiempos y números, proyecta la imagen de un grande.

El goleador se explica con el gol y, ni el trabajo para el equipo ni la excelente capacidad de ocupar espacios sin balón, justifican plenamente una titularidad. El delantero es el gol y Morata lo tiene. Resulta extraño -cada uno lo ve de una manera- que abandone este Real Madrid en el que todos confiaban en él. Eso, está claro, ya no es suficiente para Morata. El joven delantero debe haber repasado la hoja de servicios de su retorno a casa y no le salen las cuentas. Una pena, porque tengo la sensación que a Morata aún le falta un paso y que podía haberlo dado la próxima temporada, en este Real Madrid de las oportunidades.

Morata salió y marcó. Cambió partidos y remachó resultados. Fue un referente para alterar las cosas cuando las cosas no iban cómo se esperaba. Tiene todas las cualidades para haber cuajado en el Real Madrid como delantero ilustre. Hubiera acabado siendo un referente en lo futbolístico y en lo social. La grada le quiere y le hubiera arropado como se arropa y se cuida a quien consideras “algo tuyo”.

Sin embargo, algo ha convencido a Morada de que ya es el momento y que ha llegado su hora. Toma una decisión que, en las líneas de su carta de despedida, explica como un desgarro tan doloroso como inevitable. No pide que lo entiendan y asume la decisión como propia. Sabe que, porque quiere hacerlo, hace algo “contra natura”. Alto grado de madurez.

Sale para buscar minutos, reconocimiento y posibilidades de firmar, con sus goles, un proyecto de títulos y éxitos que pueda llevar su nombre escrito, con la letra con la que se escribe la palabra líder. Está en su derecho y, seguro que lo sabe, se enfrenta a la responsabilidad del futbolista referente, a la exigencia de un entrenador que le entrega un cheque para que lo devuelva con un interés alto. Se enfrenta a la euforia de una afición que ve en Morata un seguro de muchos goles y se enfrenta, también, a la cifra que se ha pagado por un delantero de 24 años.

Todo esto lo sabe Morata. Lo malo es que esas certezas lo alejan del fútbol español y de su club de cuna. Lo bueno es que, si él lo cree, lo ve y ha tomado el reto como personal y suyo, nadie tiene derecho a dudar. Lo más que podemos hacer es, ayudados de un “entre líneas”, interpretar y tratar de entender a Morata. Suerte.