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Paco Buyo o el fútbol soñado

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Manuel Escudero Fernández.- A veces el tiempo parece acelerar de tal manera que, mediante un simple vistazo hacia atrás, las imágenes del pasado reciente resultan tan lejanas como nostálgicas.  Es la sensación que me producen muchos aspectos de esta vida y, entre otros, los relacionados con el fútbol.

Porque el fútbol, más allá del simple deporte que asemeja ser para los no apasionados, posee una dimensión tan amplia en nuestros días que abarca infinidad de sentimientos a nuestro alrededor. Un espectro enorme, que avanza cada jornada acumulando en su interior tantas historias como segundos rueda un balón en el césped. Y es esa progresión tan veloz la que construye alrededor del fútbol la extensión más personal e intimista.

Hace unos meses, durante la entrega de los premios Palabra de Fútbol, en la que fueron galardonados grandes profesionales del mundo deportivo, tuvimos la suerte de encontrarnos de frente con uno de esos deportistas que han marcado una época en nuestra historia futbolística. Aquel que recibía un premio era Paco Buyo, tras unas palabras evocadoras de Antonio Oliver, conductor del acto, que nos situaban a los presentes en los hoy desaparecidos vestuarios de la vieja Victoria, inmersos en la huella del periodismo más puro, con el rumor de un magnetófono prescrito.

Sí, Paco Buyo, el héroe de tantos domingos, la infancia de tantos niños como yo, que no imaginaban la portería del Santiago Bernabéu sin su sombra. Es él ese ejemplo de imagen a la vez tan reciente y tan lejana debido al vértigo del tiempo que antes he comentado. No han pasado tantos años desde que Buyo se retirase de la práctica del fútbol profesional, al igual que no han pasado tantos años del final de mi infancia, pero esta sociedad y su ritmo marcan fuertemente el desenlace de cada ciclo.

 Recuerdo como si fuese ayer mismo mi primer encuentro con el Bernabéu, de la mano de mis padres y contando solo con siete años. La ilusión de ver en directo el espectáculo que tantas veces había visto en televisión, aquellos futbolistas que jugaban en forma de cromos o de chapas en muchas casas como la mía se hacían reales en la hierba. El ambiente de partido, el frío de Madrid en diciembre que se hace calor en la multitud…la inmensidad de un sueño. Y aquella portería, tras la que vitoreaban su figura, era la de Paco Buyo.

Seguirán pasando inevitablemente las jornadas, las ligas, los ídolos y las portadas deportivas, pero a cada aficionado le rozarán emocionalmente unos recuerdos más que otros. Esa es, como he dicho, la gran dimensión del fútbol, la que hace que en mi caso, un póster de Buyo equivalga a una infancia.