Inicio 1ª División Un Clásico (casi) de madrugada

Un Clásico (casi) de madrugada

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Eduardo Grenier.- Cuba. Odio tener que despertarme a las 7 de la mañana para ver el Clásico. Ahora me imagino pegado a la colcha, con las pestañas pegadas y algo diciéndome, en la lejanía de un sueño, que tengo que levantarme con urgencia. El sueño puede llegar a ser invencible, incluso tratándose de Clásico, y ese es mi mayor temor. Parece ser, en definitiva, que son los asiáticos los que mandan y acá, en América, tendremos que madrugar.

De cualquier forma no creo tampoco una tarea extraordinaria espabilarme para ver un Barça-Madrid. Es más, semejante partido espabila ya con sus previas y, lo más probable, es que no pueda dormir. Calentar un Clásico es la tarea más sencilla del mundo. Innecesaria casi siempre,  como esta, en que la «teoría del pasillo o no pasillo» ha inundado las redes.

Lo veo como algo superficial, demasiado vacuo para provocar la tormenta que ha provocado. Al final, si los culés deciden hacer pasillo, su actitud será plausible, y si no, pues a jugar. No pasa nada. El Madrid, según trascendió, le devolverá el bofetón y hará que los azulgranas vean como festejan el título ante su afición. Pero todo esto solo es el prefacio de lo realmente relevante.

El resultado del partido será el que dicte quienes celebrarán y quiénes no. De antemano, los blancos tienen concientizado que, si caen, la Liga estará prácticamente perdida. Un triunfo, en cambio, los metería de lleno en la lucha. Lo mejor de todo es, sin dudas, que ambos elencos llegan en buenos momentos a la cita más morbosa de toda la temporada.  

Los merengues arribarán desde Abu Dabi con dos trofeos a cuestas: uno, el título de campeones mundiales por segunda oportunidad consecutiva y el otro, quizá más provechoso, una carga de sensaciones positivas en su juego, con la aportación extra que le aporta el regreso de Gareth Bale. El Barça, por su parte, es un equipo inmutable desde que Ernesto Valverde asumiera las riendas de la situación, y arribará al Bernabéu como mismo comenzó la Liga, con el casillero de las derrotas en blanco, un aliciente a tener en cuenta.

Cuando la balanza se incline hacia alguno de los dos lados (recemos porque no quede inmóvil), cuando el árbitro sople el silbato en el minuto 90, toda estará dicho. Unos celebrarán las navidades con miel en el paladar y otros, con el cuchillo de la derrota enterrado en la nuca, intentarán quitarse la amargura con el ritmo de los villancicos. Así son los Clásicos.