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Madrid era una fiesta (3-1)

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Tres años después de que Hemingway se quitase la vida en Cuba, se publicaba, de forma póstuma, París era una fiesta, una recopilación de memorias del escritor estadounidense, en que contaba sus años de desenfreno en la interesantísima capital gala tras la Primera Guerra Mundial, una ciudad en absoluta ebullición donde coincidiría con Scott Fitzgerald o Gertrude Stein. Antes de que el equipo de moda del fútbol mundial, el temible PSG, visitase el Bernabéu, al club blanco se le trataba como un muerto y, como tal, se le pedía que escribiese sus memorias, que hablase, como lo hizo Hemingway de aquel París, de los éxitos del pretérito, como si las dos recientes Copas de Europa fuesen ya parte de la eternidad, y no algo tangible. El Real Madrid dio en la ida de octavos de final una lección de fútbol a todos, y el único que se suicidó fue Unai Emery.

Cristiano Ronaldo podrá decir en sus memorias que Madrid era una fiesta. Él fue el héroe del encuentro, con dos tantos que, sumados al del extraordinario Marcelo, le dan ventaja a los blancos a la espera de la vuelta en París. La expectación era máxima, y desde que el sorteo deparó el enfrentamiento, con las opciones ligueras ya esfumadas, la cabeza del madridismo se centró en su competición fetiche.

En San Valentín llegó el verdadero amor para los blancos en una temporada complicada: el equipo estuvo a la altura ante el rival más complicado. Incluso, el cuestionado Zidane dio un golpe de la mesa y acertó con sus decisiones. En primer lugar, aprendió la lección del pésimo planteamiento ante el FC Barcelona y sacó a Isco de titular. Es indispensable que juegue el mejor jugador del equipo ante los grandes. Dejó a Bale en el banquillo y apostó por Benzemá, que se movió bien en la primera contienda. Pero no solo acertó ahí. Supo leer muy bien el encuentro, y sacó a unos entonados Lucas Vázquez y Marco Asensio. No tiene nombre lo de este segundo: llamado a marcar una época, el mallorquín debería contar con muchos más minutos. Un sobresaliente para Zidane.

Por otro parte, Emery suspendió estrepitosamente. Quitar a Cavani cuando los parisinos iban en busca del 1-2 para meter a Meunier fue una sustitución incomprensible, indigna de un equipo con tanto talento. La idea de adelantar a Dani Alves a posiciones más ofensivas, como en el Barcelona, le salió mal. Pero el exentrenador de la UD Almería o Lorca no fue el único culpable. Parece de chiste que la manija del esférico recaiga en Lo Celso y Rabiot. Dos jugadores muy limitados, carentes de la imaginación en la medular que se le exige a un cuadro grande. Aunque el galo hizo el primer tanto de la noche, su partido fue discreto. Tampoco dio muchas garantías Areola, su guardameta.

La gran pega al equipo blanco fue que pareció un conjunto cansado en tramos de la segunda mitad. Kroos y Modric, puntales en el medio del campo, aunque se vaciaron, fueron reflejo de esto. También estuvo muy errático Casemiro, lo que no es habitual. Pero arriba, un bailarín como Isco, un killer como Cristiano y un cuchillo como Marcelo decantaron la balanza. Y, claro está, el acertado Asensio, cuya entrada fue decisiva para los dos goles finales. El Madrid mira de reojo los cuartos, sin ser favorito pero en su competición fetiche. Es como si en Europa el tiempo no existiese para los blancos: por muy hundidos que estén, por mucho que el Leganés asalte el Bernabéu o que se sea incapaz de ganar al Levante en toda la Liga, si suena el himno de la Champions los once jugadores de blancos despiertan de la siesta con hambre.

Y es que puede dar la sensación de que el Real Madrid de Zidane es invencible en la Liga de Campeones, por mucho que se enfrentasen al Milán de Sacchi o al New Team de Oliver y Benji. Pero que ningún madridista se confíe. No va a ser nada fácil en París, ante un equipo que marcará goles en la vuelta. Su excelente trío atacante: Mbappé, Neymar y Cavani es la única baza que tiene Emery para que, como escribiera Enrique Vila-Matas, París no se acabe nunca.

Fotografía: Realmadrid.com