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La firme amenaza de España

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Eduardo Grenier.- Cuba. Iniesta cierra los ojos y le pega al balón. Le pega con su pierna derecha. Le pega con la fuerza de toda España. Le pega con la vida. El duende, envuelto en la aureola que el fútbol reserva exclusivamente para sus dioses, besó con su gol la copa que, minutos más tarde, levantaría Iker Casillas para el delirio en forma de llanto de Madrid, de Valencia, de Sevilla, de Pamplona, de Santander, de Galicia, de Barcelona, de Jaén, de España toda.

En el banquillo, Vicente del Bosque saboreaba las mieles del triunfo, alargando su leyenda tras salir airoso en la complicadísima encomienda de seguir los pasos del mítico Luis Aragonés. España, la eterna aspirante, la otrora fracasada, logró por primera vez subir al escalón más elevado del podio en un Mundial de Fútbol. Sudáfrica será, eternamente, lugar patrio para todo ibérico.

Sin embargo, los años intentaron borrar aquella época de supremacía. Mantenerse en la cúspide del fútbol es, valga decirlo, tarea utópica a nivel de selecciones. Utópico para España y utópico para cualquier elenco de nivel. Así, tras la gloria europea en Kiev en 2012, nada evitó la caída en barranco del descenso.

Terminó la historia, se fue Del Bosque y llegó Lopetegui. Pero vayamos a lo importante: España ha conseguido, por fin, hilvanar nuevamente un juego vistoso y efectivo, como aquel que le engendrara el Sabio de Hortaleza y mantuviera con total eficacia Vicente. La última muestra fue la aplastante –y sorprendente- goleada de 6-1 sobre Argentina, en el debut de la selección en el Wanda Metropolitano, un reflejo evidente de que los de Lopetegui serán serios candidatos para asaltar el trono mundialista.

El partido comenzó con un jarro de agua helada caída a borbotones sobre la afición: no estaría Messi. Sampaoli quedaba huérfano y España, la misma España que lució mejor que Alemania hace pocos días en Düsseldorf, salía con la firme convicción de ser superiores al conjunto albiceleste. Para ello, contaba con el desparpajo de Isco y Asensio, sus dos máximos “sin vergüenzas”, los que ponen el matiz diferente, los hacen lucir al balón sobre la cancha.

Sin embargo, fieles al estricto concepto del “Sampaolismo”, los gauchos salieron a ejercer presión sobre todo el terreno, quizá intentando emular aquel triunfo chileno en Brasil, precisamente bajo las riendas de ex entrenador del Sevilla. Pero, como si fuera un acápite obligatorio en el guión de cualquier película argentina, Higuaín destrozó la estrategia previa de los suyos. Mala suerte o hechizo eterno con su selección, pero pagó bien caro su desacierto.

A partir de entonces rodó el filme que quiso Julen Lopetegui. España, la nueva España, tocó la pelota a su antojo, llegó con muchísimo peligro al área rival y levantó los aplausos del Wanda. No podía ser de otra manera, cuando cuenta en sus filas con hombres como Thiago, Iniesta, Carvajal, Jordi Alba, Busquets, e incluso el siempre polémico Gerard Piqué, inmaculado, como de costumbre, en labores defensivas.

Pasaron los minutos y comenzó el show de Diego Costa, perfecto anfitrión, quien rompió el empate a cero para desatar así el fútbol total de los suyos. Y llegaron, uno tras otro, Isco (por partida triple), ThiagoAspas, en una fiesta solo interrumpida por la escaramuza a balón parado de Otamendi, incapaz de evitar la avalancha roja.

No sé qué habrá dicho Sampaoli en el descanso, pero su selección fue arrasada en la segunda parte por un auténtico Tsunami, desde cuyas alturas observaba Isco, el mariscal. Y se preguntarán en Buenos Aires, seguramente, a quién rayos se le ocurrió que Dybala e Icardi no caben en una selección que carece de fútbol y de goles. Quizá con Messi el panorama hubiese sido distinto, es cierto, pero este ni siquiera aguantó el hastío desde su palco, y se marchó al minuto 77.

Faltan algunos meses para el Mundial. Una desgracia. Debería ser ahora. Lopetegui sería un hombre feliz. Sin embargo, las sensaciones no pueden ser mejores. El equipo ha alcanzado un nivel de contundencia tal, que deja en el ambiente futbolero una especie de ultimátum. La firme amenaza de España es, desde ya, ganar el Mundial de fútbol.