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Derrota (2-3) ante el Loja y descenso del Villacarrillo en el Veracruz

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Diego J. González.-  Se consumó. Las matemáticas dijeron “basta” y certificaron el descenso del Villacarrillo CF a División de Honor. Tan convulsa e incluso kafkiana ha sido la temporada celeste que se necesitarían bastantes páginas, o mejor una edición especial de este diario, para relatar todo lo padecido por el club campiñés en su efímero regreso a categoría nacional.

 ¿Qué hubiera pasado si Jesús Párraga hubiese cogido las riendas en julio? ¿Y si los encuentros hubiesen durado 85 minutos? ¿Y si el mismo plantel encargado de cerrar la campaña la hubiera arrancado también? Podríamos plantearnos tantas cuestiones que desembocaríamos en el “y si mi abuela tuviera ruedas, sería una bicicleta”, que concluiría el locuaz de turno. No es plan.

Hablemos de hechos, no de hipótesis. El Villacarrillo ha perdido la categoría por mor de un cúmulo de factores, endógenos y exógenos. El nefasto inicio con Ruano, la permanente llegada y salida de jugadores, el infortunio de los minutos finales… Demasiadas trabas como para mantenerse en Tercera División.

Tuvo que ser en el Veracruz donde se apagara definitivamente la llama de la fe en la salvación. Y eso que los celestes llegaban de marcarse un partidazo en La Victoria siete días atrás, poniendo contra las cuerdas al mismísimo Real Jaén. El Loja derrotó a los locales en un encuentro coherente con el destino celeste este año: errores garrafales, coraje, reacción tardía. Tan abatidos de antemano parecieron saltar al césped los de Párraga que a los cinco minutos el espigado Antonio López ya había cabeceado un córner para inaugurar el marcador.

El hastío villacarrillense era tal que minutos después Alberto, sin oposición ninguna, al trantrán, se internó en el área local y batió con facilidad a Samu. 0-2 al descanso.

La segunda mitad arrancó con un gol anulado a Fran, y acto seguido lo que llegaría sería el tercero lojeño, obra de Antonio López de cabeza tras salida en falso de Samu. Pero lejos de dejarse llevar esperando el pitido final para terminar con el suplicio, los celestes tiraron de casta para meterse en el partido y luchar hasta el final.

Un centro chut de Fran desde la izquierda con el exterior de su bota derecha trazó una parábola imposible para el meta Adrián, convirtiéndose en todo un golazo. Y en plena efervescencia del equipo, de nuevo Fran, a centro medido de Toni, cabeceó para establecer el 2-3.

Cosas del fútbol, la parroquia campiñesa celebraba esos goles con sabor a epitafio como si fueran los de una final o un ascenso. Jaleaban cada corte de balón del querido Meissa, abroncaban al árbitro o las tenían tiesas con el provocador lojeño Chico. Con Niza cumpliendo a gran nivel como el 9 del que se adoleció toda la temporada, los de Párraga se lanzaron a por la remontada. Toni la tuvo para empatar, pero no, el arreón final no sería sino la expiración de un Villacarrillo moribundo.

El final del partido era el final del sueño de la permanencia. El capitán Niza iba a ejemplificar la amalgama de sentimientos que los celestes podían albergar en ese momento. Primero estuvo tentado de expulsar tanta rabia acumulada encarándose con Chico, el provocador, en un amago de tángana. Luego lideró el recíproco aplauso del equipo con una afición agradecida, comprensiva hasta el final. Y por último, cuando todos sus compañeros ya habían enfilado los vestuarios, se quedó inmóvil, en la soledad de la derrota, frente a su grada. Alzó la cabeza, miró a su público, vio a su familia y continuó escuchando aplausos. Y lloró.