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Rubiales: populismo, aplausos y jaleo

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Luis Rubiales tuvo su momento de gloria firmando el cese de Julen Lopetegui. Un cese que le ha colocado en la historia de la Selección. Será para mal. Pase lo que pase en Rusia, será para mal.

Los jugadores pueden, pese a la defenestración de su entrenador, ganar el Mundial. Un Mundial que, en contra de lo que digan las actas, no será el Mundial de Rubiales. Será el Mundial que se ganó, a pesar, de Rubiales.

Los buenos gestores deben resolver las crisis de la forma más conveniente para los intereses de la empresa que representan. Hacer lo que hizo Rubiales es síntoma de hervor en la cabeza y poco control en el estómago. Quizás fue eso. Lo cierto es que, la decisión que toma el máximo responsable de la Federación es una decisión de blindaje personal. Actuó para que nadie le pudiera acusar de indeciso o de blando, pero no a favor de la Selección española. Echó por el camino que le marcaban los aplausos y el jaleo. Decisión para la galería. Populismo de libro. Los complejos son los peores asesores en tiempo de crisis. Hacen ver fantasmas y enemigos por todas partes y eso confunde mucho.

Fernando Hierro, hasta que no pudo más, trató de evitar el disparate. Los jugadores, por sentido común y por lealtad a su entrenador, le pidieron que no descabezara el proyecto. Ellos, los que podían estar más desconcertados o molestos, no vieron problema en lo que había ocurrido.

Sin embargo Luis Rubiales, sublimó algunos mensajes que le susurraron al oído y provocó un cisma que ha llegado para quedarse, mientras Rubiales siga ahí y los veteranos de la Selección en ella. Se ha roto un lazo que, sin ser muy fuerte con el presidente recién llegado, unía al vestuario con su jefe. Ya no existe y la prueba son los saludos, los que hubo, fríos y de protocolo después del partido contra Portugal.

La decisión de cesar a Lopetegui nació en las tripas de Rubiales  y fue tomando forma racional con ayuda de algunos lazarillos  que, aprovechando la ceguera del presidente, le condujeron al precipicio de una decisión que ha marcado para siempre su periodo de mando en la Federación.

El que tira de la épica y de las medidas drásticas al primer impulso no es ni el más inteligente ni el más valiente. Es el más miedoso y el menos audaz.  Rubiales, como el árbitro que saca una roja en el primer minuto, ha puesto muy alto el listón. Para todos, pero también para él mismo. Al tiempo.