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Modric, elogio a la normalidad

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El fútbol es un espacio para la alegría que, muchas veces, se convierte en un cuadrilátero en el que cambian golpes las ideas, las valoraciones, la opinión, los intereses personales y el fanatismo. Entonces este deporte se convierte en un moderno Babel en el que se confunden las lenguas y se abre paso el disparate. Es la razón por la que se agradece la aparición, de cuando en cuando, de personas que traen un poco de normalidad.

Hace unos días se entregó el Balón de Oro a Lucka Modric. Modric es una especie de orfebre. Trabaja con la pelota para, a partir de su espacio natural, convertir acciones inocuas o balones lejanos e inocentes, en gestos brillantes que son el último escalón antes del gol. Una obra de arte.

La luz cegadora de la pelota tocando la red, hace que su contribución al hecho final no siempre sea recordada pero, con volver a mirar el origen, se aprecia que sus pases son el inicio de goles considerados históricos. Hay multitud de ejemplos.

Sin embargo quienes alimentan la polarización del fútbol son insaciables y, en lugar de aplaudir lo evidente, prefieren echar leña a un debate innecesario, por repetido, y que obedece a filias y fobias más que al sentido común.

Luka Modric es un jugador poliédrico. Conoce todos los idiomas del fútbol y los habla. Técnicamente buenísimo, tácticamente brillante, solidario en lo colectivo y, en el vestuario, alguien que trabaja para el grupo. En su espacio original, la línea de medios, vemos a un futbolista que crece estableciendo un altísimo nivel de jerarquía. Atacando contribuye al gol o lo consigue y defendiendo es trabajador, solidario y efectivo. Solo le falta saltar más que los centrales y hacer goles de cabeza. No todo es posible.

El premio viene a reivindicar un gran año pero, además, recuerda que el centro del campo es para el fútbol como el cerebro para el cuerpo humano. Las órdenes parten de ahí. Individual o colectivamente, pero arrancan de ese espacio en el que Luka crea sus imágenes con naturalidad. Se trata de gestos no pensados, actos reflejos.

 Los goles se gestan, más veces de lo que se reconoce, muy lejos de los tres palos de una portería. No es fácil reparar en ese detalle cuando, tras convertir un tanto, el foco se va a la piña de jugadores que devoran al autor del gol. Es un impulso muy humano.

Sin embargo el croata ha logrado, con este año de excelencias, que la mirada gire hacia los arquitectos. Su premio es un triunfo del fútbol, del epicentro del fútbol. El volcán impresiona por la expulsión de fuego, de magma incandescente que ilumina el cielo pero la fuerza que impulsa todo eso, está más abajo. Para ser justos hay que recordar que el gol es lo máximo en el fútbol. Sin embargo, no estaría mal recordar también, cuáles son los caminos del gol y quién los construye. Entonces entenderemos mejor un premio como el de Modric. Ya era hora.