Inicio 1ª División La tarde en la que Cruyff, envuelto en humo, llegó a “Linarejos”

La tarde en la que Cruyff, envuelto en humo, llegó a “Linarejos”

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El balón suele elegir a quienes lo saben usar. A quienes, al manejarlo, usan la inteligencia. Esa es la razón por la que hoy, si el balón pudiera, daría muestras de pesar. Hace tres años que murió Cruyff.

No es lo mismo tener al balón como un compañero, como par necesario, que correr tras él y tratar de golpearlo. Las dos cosas persiguen el mismo fin pero una, no tiene nada que ver con la otra. Se construyen con materiales muy distintos.

Ver correr a Cruyff con la pelota pegada al pie, ver cómo cambiaba el ritmo y cómo el cuero parecía intuir sus reacciones hasta el punto de que, daba la impresión que la pelota colaboraba, era ya un espectáculo dentro del espectáculo. Desde el Ajax hasta el Levante, por el fútbol español, transitó un genio.

Vi a Cruyff en su máximo esplendor, sometiendo al Bernabéu y le vi en el ocaso de su carrera. El jugador ya no era el mismo pero el personaje seguía siendo de una talla descomunal.

La mirada de un líder es inconfundible. La jerarquía de un capitán, es la herramienta más eficaz para transmitir una orden y la realización efectiva de todas las teorías, sobre el campo, la única manera de que los tuyos crean en ti. Él lo tenía todo. Cruyff era el Messi de hoy, solo que con más jerarquía dentro y fuera del campo pero sin Iniesta, Xavi, Busquet, Piqué o Puyol. Era un líder a tiempo completo.

Me quedo con sus tardes de gloria, con el gesto desafiante de quien quiere y puede. Me quedo, también, con la imagen más humana de Johan Cruyff descendiendo del autobús del Levante en Linares. Era una tarde pesada, plomiza y fea. Había fútbol en “Linarejos”. Johan bajó del autobús con un cigarro entre los labios. No parecía un futbolista, pero su gesto de quijote retador y malhumorado seguía manteniendo el toque mágico de los que son diferentes. Era una imagen extraña, postrera. Noté un olor raro. Era más incienso que flores. 

Después volvería al Ajax, otra vez, para ganar dos Ligas pero nunca volvió a ser el mago que, con su batuta, diseñó por los campos de España el orden nuevo que después, desde los banquillos, iba a instaurar.

Luego descubrimos al innovador táctico, al entrenador que desafió límites y peleó contra casi todos. Sin embargo aquel día, en una tarde de nubes extrañas, comprobé que la imagen del mito se había humanizado. Ya no parecía aquel ser perfecto que inventaba regates, cambios de juego inexplicables y que era capaz de convertir en gol, un balón casi robado a la grada de fondo.

Cruyff ya estaba lejos del campo. Pasó al vestuario mirando al suelo, envuelto en el humo de su cigarro, como si estuviera en la sala de espera de su segunda vida con la pelota. La tarde pasó en un suspiro y Cruyff ni se dejó ver. No se llegó a un acuerdo. Faena de aliño. De eso en Linares saben mucho.

Cuando la expedición del Levante abandonó Linarejos me quedó la sensación de haber vivido un sueño. Cruyff estuvo allí pero el futbolista no había venido. El jugador de fútbol ya no estaba. Johan vivía en tránsito. Dos que parecen uno. Fue como una ilusión que, sin embargo pude tocar con mis manos.

Johan murió pero ni el jugador ni el entrenador ni el inventor ni el contestatario van a desaparecer nunca. Queda su idea. Fue una suerte verle jugar. Se han cumplido tres años. Me quedan la memoria, su imagen envuelta en humo entrando a un vestuario y muchas cintas de video, que no es poco. Era diferente.