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José Antonio Reyes, el moderno Aquiles

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La muerte de José Antonio Reyes y la convulsión que ha producido, sorprende a quienes miran desde fuera del fútbol. Hay quien ve en las manifestaciones generales de duelo una desmesura. No acaban de entender que miles y miles de personas se hayan conmovido con esta muerte.

El fútbol es un marco en el que las emociones son el motor de casi todo. Cuando un jugador de fútbol, un deportista conocido, se va de esta forma, el fútbol se estremece porque, a fuerza de verlo, de seguirlo, de admirarlo o de discutirlo, lo incorporamos, lo hacemos nuestro y, de alguna forma, pertenece a nuestra “familia” . Muchos solo lo han visto en televisión o en fotos pero conocen su vida, sus cambios, sus palabras, su forma de ser pero, al dedillo, cómo jugaba al fútbol.

Impacta porque lo sentimos nuestro, impacta porque da la impresión de que estos iconos, héroes de nuestro tiempo, son inmortales. Cuando la muerte los toca nos sacude un latigazo de incredulidad del que cuesta recuperarse y, de pronto, nos invade la tristeza. La vida, la muerte, nos desposee de algo que estaba en nuestro espacio de las cosas que se asumen sin casi saberlo.

José Antonio Reyes era, además de todo lo dicho, un ser humano de dimensiones descomunales. Estos días he escuchado voces, para mí voces cargadas de valor, contar cómo era. Ha habido relatos desgarradores y profundamente hermosos. Lágrimas y retratos que han dibujado el alma de este joven que, contra todo lo entendible, se dejó la vida en un instante.

Reyes ha tenido una vida corta pero intensa. Ha ganado casi todo y ha vivido en los mejores escenarios del fútbol. Representa a un moderno Aquiles. Un atleta que superó las pruebas más duras, que parecía libre de riesgos pero tenía, como el mítico Aquiles, un pequeño espacio vulnerable. Su flaqueza fue un segundo de infortunio a bordo de una máquina que no permite ni un descuido. Ahí terminó la historia de un ser humano irrepetible, de un futbolista de magia y de una persona que vivió con una sonrisa tatuada en su rostro. Se fue de presencia, pero no de pensamiento. Reyes es patrimonio del corazón sevillista y del alma del fútbol, para siempre.