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Christian Joel, el niño que nació en La Habana y ayer se hizo mayor en El Molinón

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Eduardo Grenier.- Cuba. En la pequeñísima pantalla del samsung, 7215 kilómetros de distancia quedan en nada. Parece como si estuviera uno sentado en el palco del Molinón, con
las uñas entre los dientes.  Twitter es un gran invento. Y esta tarde de sábado es, también, un generador de nervios.

Recuerdo que allí, en esa misma hierba, Enrique Castro esbozó su gran historia futbolística. Cuentan que la gente iba a la cancha solo para verle. Pagaban sus asientos y si el Sporting perdía, igual se marchaban ebrios de disfrute con el talento del brujo. Quini era su sonrisa.

Allí, pegado a la línea de cal, todavía algunos ven las huellas de Preciado estampadas en el alma del estadio. Hombre bueno como pocos, Manolo encontró en el banco y en su gente el empuje para enderezar el rumbo de una vida dura. El escudo blanquirrojo debería llevar su nombre.


Allí, después de arar con las botas los campos viejos de Mareo, David Villa comenzó siendo un guaje más, fruto de esa cantera perenne y jugosa, hasta convertirse en El Guaje que los niños quieren imitar.

Allí, bajo los arcos del Molinón, ante un Cádiz hambriento, un portero llegó con el peso del debut en sus hombros. Ni siquiera el temple de los grandes puede neutralizar los nervios de un comienzo y los 90 minutos largos, casi inacabables. Para él, en su hábitat, quizás hayan sido pocos.

Uno de los nuestros saboreó las mieles de la élite. En las calles de Cuba, donde dos piedras hacen de portería sobre el asfalto roto, pronto ya nadie
querrá ser como Casillas, ni Buffon ni Ter Stegen ni ninguno de esos nombres raros. Escribirán con crayolas dos palabras sobre sus camisetas:
Christian Joel. Y soñarán con llegar un día a donde lo hizo él.
Junto a Quini, Preciado y Villa, hay un pedacito de cubanía que nunca podráser borrado. Pronto el fútbol seguirá cultivando seguidores en esta isla.
Será, también, una forma de defender a nuestros representantes… y donde los asturianos ven un signo de orgullo, los cubanos vemos colgar imaginariamente nuestra bandera, la más bella que existe, cubriendo la figura de un joven de 19 años nacido en un barrio de La Habana.