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Jorge García Cabanas aceptó el reto de «La Quebrantahuesos» para recuperar la sonrisa (I)

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El deporte es un espacio que vive con la puerta abierta y que, muchas veces, sirve para algo más que la competición o el recreo. La práctica deportiva es un puente que se ofrece para ir de estados de duda, de tiempos escabrosos o de situaciones límite a situaciones donde la persona se reencuentra con sensaciones desconocidas en algunos casos o casi olvidadas en otros.

El deportista profesional tiene unos marcos muy definidos y su trabajo tiene los techos que impone la competición. Cada día es un reto que servirá para completar el camino hacia los objetivos. Sin embargo hay otro tipo de deportistas que, usando también los objetivos, el espíritu de superación o el deseo de mejorar la autoestima, no pertenecen a ese ámbito en el que se sufre la jerarquía, de la exigencia máxima que supone el profesionalismo.

Vamos a conocer la historia personal de un joven deportista gallego, Jorge García Cabanas (Lousada. Samos. Lugo). Jorge, desde muy niño anduvo pegado a una pelota. Sin importarle ni la edad ni la dificultad del reto, siempre se planteaba metas altísimas. Tenía tanta fe en sus posibilidades que siempre buscaba rivales fuertes con los que medirse y horizontes en los que verse culminando alguna hazaña deportiva. Hay pocos deportes que no haya practicado, aunque sea de forma tangencial: “El deporte siempre me ha acompañado. Forma parte de mi manera de entender la vida. Al principio quise ser futbolista pero, en ningún momento eso limitó mi curiosidad por otros deportes. Reconozco que esa curiosidad me ha impedido centrarme en una sola disciplina. Si lo hubiera hecho no sé que hubiera pasado. De todas formas el deporte me ha dado muchas cosas sin haber llegado a ser profesional«.

Jorge tomó una decisión importante y que suponía, otra vez, ponerse ante un reto. Quizás uno de los más duros de su vida en relación con el deporte. En el mes de noviembre del pasado año un amigo le habló de la Marcha Cicloturista Quebrantahuesos. Se trata de un prueba durísima que cumple la XXIX edición y que da salida a 9.000 ciclistas, preparados para recorrer cuatro míticos puertos de montaña en territorio español y francés: Somport, Marie Blanque, Portalet y Hoz de Jaca. Auténticos gigantes, en una etapa de 200 kilómetros: «Tuve dudas, apunta Jorge. Eran doscientos kilómetros y no se podía improvisar. Yo había andado en bicicleta y había cubierto distancias más o menos importantes pero jamás algo así. Fueron días de pensar y calcular los riesgos y mis posibilidades de no fracasar«.

Para Jorge era un momento muy especial. Personalmente también estaba subiendo un puerto muy duro. Puede que, sin ese estado anímico no hubiera aceptado el reto pero, la necesidad de imponerse a él mismo y a «su circunstancia», le dieron el último empujón: «Tenía que sacudir mi vida en ese momento. Necesitaba poner mi cabeza en algo que me superara tan claramente y que fuera tan potente, que no me dejara tiempo para pensar en otra cosa. La prueba apareció ante mí como una enorme montaña de esfuerzos, de entrenamientos y de dudas. La abracé como una terapia natural para superar mis baches«.

Era complicado que Jorge imaginara el calvario que le esperaba en las duras jornadas de entrenamiento que tenía por delante: «El primer día empecé con tres horas de rodillo. Se me subían los gemelos. Me dí cuenta de que iba a ser muy complicado culminar mi reto. La primera jornada en carretera fue brutal. Cien kilómetros. Salí a probarme y fui más o menos bien hasta la mitad pero, cuando llegué al kilómetro 80 me entró una «pájara», que no podía con las piernas. No llamé a mi madre o a mi hermana para que me buscaran por amor propio. Terminé muerto. Llegué a casa de mi hermana y me tiré en el portal, porque no podía dar un paso. No había nadie en casa y fui como pude al bar de enfrente. Pedí un café y me trajeron una bandeja llena de «cruasanes». Comí doce en un momento. No podía con mi alma».

Las jornadas de entrenamiento se sucedían. La dureza era terrible y la tentación de dejarlo empezó a asomar. Jorge es un joven con una fortaleza admirable. Es sacrificado y generoso en los esfuerzos, pero nunca se había enfrentado a una preparación ni a un deporte tan exigente. La bicicleta es una «herramienta» ligera pero que obliga a quienes la usan, a sacrificios que no están al alcance de todos. Madrugadas, de cinco y media a seis de la mañana, haciendo bicicleta estática, mirando la televisión, revisando pasajes de su vida, pensando en voz alta: «Una mañana salí de casa con menos tres grados. Di pedales durante más de una hora pero, un poco antes de llegar a Lugo, noté que tenía la cara congelada, las manos completamente heladas y me puse al sol para recuperarme. Creí que no pasaba de ese día. Hasta, incluso, llegue a pensar que si tuviera algún pequeño percance sería una excusa «venial» para dejar mi proyecto…pero aguanté«.

Retarse cada mañana, en etapas de más de cien kilómetros, contra el asfalto helado y rodando en la más absoluta soledad es una forma de endurecer aún más los entrenamientos. Jorge, en esas larguísimas jornadas de pedales, tenía tiempo para poner en marcha la relación de motivos por los que había puesto su mirada en «La Quebrantahuesos», como una forma de espantar fantasmas y rearmarse anímicamente. Personas, situaciones, palabras torcidas y decepciones profundas, se mezclaban con las rampas de la carretera, con bajadas peligrosas, con largas rectas de aburrimiento pero, cada vez más, con la certeza de que esa preparación y sus dificultades no iban a doblegar al «guerrero» que este deportista aficionado lleva dentro.

Los día de hielo fueron pasando, con sus luces y sus sombras, con sustos que pudieron truncar el reto. Caídas, pinchazos inoportunos. Fiebre a quince días de la salida y una carga preocupante en un abductor, cuando quedaban cinco jornadas para el gran día, sin embargo la tenacidad, el equilibrio de su preparación y la disciplina que puso en ella le acercaron al punto de partida. La carrera se ponía en marcha a las siete y cuarto de la mañana y Jorge se encontraba con su última adversidad, llegó solo quince minutos antes de la salida…nervios, complicaciones con el paquete de más de 9000 personas y 200 kilómetros por delante con cuatro puertos que casi tocan el cielo…pero eso lo contaremos mañana.