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Kevin Mayer: Las lágrimas de un rey

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Eduardo Grenier Cuba.- Lloró como lloran los campeones sus derrotas. Llanto de rabia y denuedo. Hundido en el quebranto de saber su gloria amputada, Kevin Mayer arrastró
su impotencia ante miles de miradas compasivas y desistió.

Iba primero. Mandaba con una holgura digna de su prosapia atlética y ni
Warner, ni Víctor, ni ninguno de los versátiles contendientes al segundo
puesto constituía una sombra amenazante. La cima iba tallando de a poco el
nombre del elegido.

Pero cuando caminaba solitario a su trono, comenzó a sentir pinchazos en
sus piernas. Disparos del destino, supuso. Ni siquiera los enemigos
alcanzaron a hacer diana. Era, en efecto, el macabro destino. Intentó
seguir, arrastrarse y llegar a la meta preñado de fango, pero los huesos
dejaron de responder las órdenes del cerebro.

Como Aquiles agujereado por el arco del neófito Paris, Mayer debió entregar
su legado en manos de oponentes inferiores. No es el campeón del mundo,
dicen hoy todos los cintillos de la gran prensa deportiva. ¿No es el
campeón del mundo? La medalla tácita que cuelga de su cuello es el resorte
a Tokyo y sepan, si aún quedan  dudas, que pocos encaramados al pico alto
del podio tienen en Doha la madera de los ganadores de aquel francés que
apagó el dolor entre lágrimas.