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El futbolista de grafeno

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Grafeno (Autor desconocido)

El fútbol ha patentado un modelo en el que lo humano pasa a un segundo plano. Los sentimientos, el romanticismo y la pasión deportiva sólo son maquillajes sobre la epidermis de un deporte hecho negocio al por mayor. Quienes se estremencen con los resultados de su equipo han pasado a ser un sujeto paciente asumiendo la condición de espectador, en el sentido más puro del término. El aficionado es un figurante que ni pincha ni corta.

Los futbolistas son las piezas fundamentales y con esas piezas se contruye hasta el infinito. Crece la exigencia, crece la voracidad acrítica de las hinchadas, crece el mega edificio del marketing, las ventas y, casi todos los años, crecen las competiciones. Sin embargo el deportista no puede, al menos licitamente, desarrollar talentos, propiedades o resistencias que excendan al límite de lo humano. El fútbol corre desesperadamente hacia un drama que está más cerca de lo que imaginan los dirigentes o quizás no lo imaginan, lo saben pero no les conviene que se frene el negocio. Siempre hay algo peor que lo peor.

El jugador de fútbol se forma en humildes campos de tierra o cesped artifical y produce muy pronto porque, sin destacar necesariamente, ya es parte de un elenco imprescindible para este espectáculo. Sin embargo sólo una mínima porción de los beneficios llega al fútbol original. Ahora recuerdo las prédicas nocturnas de José María García y parece que predicó en el desierto.

No debemos escandalizarnos por los sueldos de algunos jugadores, el escándalo es el desigual reparto de esos beneficios y la certeza de que los que diseñan la competición creen, ciegos por su necesidad desmedida de ganar más, que su «mano de obra» no son  personas sino atletas de grafeno.