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Real Jaén: un castillo sobre la delgada piel de la pelota

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gaitan galera

La vida, hoy, es una aventura ácida, casi un milagro. Vivir se ha convertido en una heroicidad y sin embargo la gente aguanta. El domingo será un día especial en Jaén y lo será gracias al fútbol. La ciudad de Jaén lleva casi dos meses flotando en la nube del ascenso. Pudo ser una tragedia anímica sin precedentes pero, Gaitán mediante, miles de personas tocaron el cielo con la mano y al mirar arriba, aquella noche de verano, vieron con claridad el final de un largo túnel. Había terminado la agria travesía del desierto en Segunda B.

Atrás quedaban las liguillas y los eternos tránsitos que siempre terminaban con un lacónico: otro año será. Esta vez el fútbol quiso. No regaló nada, pero no permitió ni lo del Condal ni lo del Anquerano ni lo del Villareal. Hubiera sido cruel. Fatídico, para una ciudad que vivió las últimas semanas cómo si en el ascenso estuviera la solución a todos los problemas. En el fondo siempre buscamos una razón para ser felices en mitad de los desastres y el fútbol ayuda. Ya está.  Vía libre a un sueño.

A partir de ahora cada tarde de fútbol en Jaén será un estreno, una forma de echar luz sobre la niebla de los días. A lo mejor es una señal y la tortura social empieza a remitir. Lo cierto es que Jaén vuelve a creer en los milagros del balón y está, otra vez, construyendo castillos sobre la delgada piel de la pelota. Casi en el aire y, sin embargo, sujetos por miles de manos que los sostienen. Nada puede frenar las ganas ni poner barreras de razón. Los que quieren usar un ascenso para explicar lo inexplicable, para llorar de alegría, para darse abrazos con cualquiera, están en su derecho. Este deporte da licencias para que cada uno viva sus fantasías de gloria, siempre efímeras, pero tan reales.

El domingo se acaba el mundo. El mundo de lo mismo. Nace un mundo nuevo para muchos y lejanamente recordado para otros. Cuando eche a rodar el balón frente al Eibar habrá terminado el sueño de llegar y comenzará la desazón de luchar para quedarse. La felicidad, como el pensamiento, siempre va de paso pero lo que Jaén está viviendo, ya no se lo quita nadie. Habrá que valorarlo y pedir a todos el máximo esfuerzo para no derramar la cántara. Luchar es lo que toca. Luchar y ser conscientes de que subir cuesta un mundo y bajar, se baja en un suspiro. Felicidades.