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La Tercera de Jaén, a balón pasado

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El Martos tiene un plan. Parece claro que hay una idea y que Toni García ha encontrado los recursos y las palabras justas para que sus jugadores, sin dudas ni vacilaciones, sigan la línea propuesta. Lo de ayer en Mancha Real tiene un valor incalculable.

Los puntos son muy importantes pero, sobre todo, la manera de ganarlos lanza un mensaje hacia adentro y hacia fuera, rotundo. La capacidad de resistencia ante un equipo potente, la serenidad y sangre fría ante un ambiente en contra y la eficacia para corregir un marcador que se les escapaba, hablan de un bloque cohesionado e inmune al desaliento. El Martos es un equipo que no quiere cometer los errores de la pasada temporada y aferrarse a la zona alta, esta vez, para no descolgarse. Cuando un partido, después de haberlo encarrilado, se va por errores propios o por aciertos del contrario, es muy difícil no entrar en precipitaciones y urgencias. Es complicado no ceder a la ansiedad y elegir las opciones menos ventajosas. Al Martos no le pasó.

Comenzó el partido y el conjunto marteño echó a correr con dos goles de Vitu que, en estado de gracia, abría una autopista hacia el triunfo. Se hizo dueño del partido pero no logró amarrar la voluntad de los locales. El equipo manchego tiene muchos kilómetros en las botas de sus jugadores y mucha fuerza en la grada como para dar por perdido un partido cuando casi acababa de empezar. Joaquín marcó para los de casa y enfrió la euforia marteña. Había partido. Llegó el descanso y se recompuso la baraja en el vestuario.

Los de Martos querían imponer la calma y bajar la temperatura que, tras el gol de Joaquín, había subido en la caldera de Mancha Real. Había que jugar, sobre todo con la cabeza. Sin embargo en fútbol, los entrenadores proponen pero el juego y el balón, deciden. A los jugadores de Toni se les “hizo de noche”. Se oscureció el juego, se perdió el equilibrio en acciones puntuales y eso no dejó de aprovecharlo el Mancha Real. La grada se convirtió en una fiesta cuando Alex, sin dar mucho tiempo al Martos para desplegar su plan, hacía el empate. La afición local ya era un grito cuando Bauti obraba el primer milagro de la noche y daba la vuelta al marcador. Había comenzado el intercambio de golpes. La excelencia goleadora iría por barrios. Aquello, viendo la grada, parecía apuntar a noche heroica y fiesta local. Entonces cambió el aire y el partido. En mitad del vendaval orquestado por Rizos, técnico local, el Martos recobró el fútbol y el alma. Lo fácil, ahí está la importancia del resultado, hubiera sido dejarse ir y perderse en mitad del griterío. Los marteños se bajaron el “tiovivo” al que los habían subido los locales y se volvieron a parecer a ellos mismos. Vitu empató y Bueno hizo el segundo milagro de la noche. Punto final. Agotador. Enorme espectáculo. Delirio en el vestuario visitante y rabia contenida en el local. Todos lucharon pero el premio se fue a Martos.

El Linares no pierde. Gana en casa y fuera o gana o empata. Se cumplen los planes. Buen ritmo y, hasta el momento, pocos problemas para solventar los problemas que les propone la categoría. No hay ni urgencia ni ansiedad.

La salida a Maracena tuvo pocas sorpresas en lo que un equipo y otro iban a proponer. Los granadinos, como locales, deberían haber arriesgado algo más pero el sentido común y el rival les obligaron a ser cautos. El conjunto de Linares, sin esa urgencia que presenta cuando juega en su campo, trató de ubicar claramente las piezas del encuentro y de no dar ocasión a la sorpresa. No renunciaron su obligación de ganar pero echaron por delante la cabeza a la espera de oportunidades. No las hubo en abundancia ni para unos ni para otros.

El partido se convirtió en una larga espera y en una calma tensa cuando el equipo de casa lograba encontrar alguna duda defensiva en la zaga linarense. Nada trascendente. El Linares pudo haber marcado, sin embargo daba la sensación de que el partido estaba llamado a la no agresión. Faltaron las oportunidades y, cuando las hubo, faltó el instinto del remate bueno. El gol no se negocia. Se marca. Terminó el partido con la extraña sensación en los linarenses de haber logrado algo positivo y la duda de sí con un poco más de leña en las calderas, habrían logrado la victoria. Eso pertenece ya a los secretos del fútbol. El equipo de Aguado sigue a su ritmo y el empate suma y hace crecer la cuenta de puntos. Es de lo que se trata.

Antequera era el primer gran escenario para el Real Jaén esta temporada. El partido estaba marcado por muchos factores que lo hacían atractivo y diferente. Aybar, parte de la historia reciente del Real Jaén, estaba a los mandos del banquillo local. El entrenador, que dejó al Real Jaén en una buena posición en la tabla cuando fue cesado por el conjunto blanco, ha hecho una gran labor en Antequera y la pasada temporada logró dejar a su equipo en posición de pelear por el ascenso. No ha descompuesto la figura y esta campaña sigue por donde lo dejó. Ese factor no es baladí. Dos equipos que aspiran a lo mismo. Uno ya formado y el otro en construcción. En el campo, en cualquier caso, solo cuenta el “ahora mismo”. El partido se discutió desde el principio y con argumentos similares. Aybar y Valenciano pusieron de manifiesto un profundo conocimiento del rival y desplegaron, o lo intentaron, argumentos de respeto por el balón y una idea que, cuando se plasma, eleva el nivel de esta humilde categoría. El inicio dejó ver esto pero, con los minutos, se adivinaba que los de casa tenían más asentadas las ideas. No hubo, sin embargo, ni grandes desequilibrios ni superioridades que dejaran en evidencia al rival. Todo era cuestión de sensaciones. Sensaciones que se confirmaron en la segunda parte.

Sin tiempo para ajustar lo indicado por Valenciano y reubicarse sobre en el campo, el Real Jaén vio como Diego abría el marcador para los de casa. Era mal  escenario para los visitantes. Las máquinas iban más forzadas y el rival no daría ninguna facilidad. A partir de ese memento fue una lucha entre la prudencia y necesidad. Mala mezcla. El Real Jaén lo pasaba mal cuando el cuadro local encontraba pasillos libres para llegar a Emilio. Era una cuesta muy larga la que llevaba al gol para el Real Jaén y -siempre hay algo peor que lo peor- cuando el Real Jaén trabajaba para el empate una tarjeta, la segunda, dejaba  al conjunto jienense con uno menos por la expulsión de Manolillo. Panorama desolador. Noche cerrada. Sin embargo, el fútbol tiene esas cosas, el equipo de Valenciano se encontró con un penalti que ganó en la brega Migue Montes. Marcó Cervera y el Real Jaén respiró, pero solo unos minutos porque, casi sin tiemo para celebrar, otro penalti dio al Antequera la ocasión de adelantarse. Juanillo no falló y cerró el partido. El Real Jaén con un hombre menos y el equipo de Aybar llevando el partido a su terreno, dejaron el partido cerrado y favorable a los malagueños.

El Real Jaén, en un partido sin brillo y con adversidad, perdió su reto. Era el primer gran rival y uno con los que, seguramente, tendrá que echar cuentas al final de temporada si se cumplen los objetivos y el cálculo de la razón. En cualquier caso los jienenses deben acostumbrarse a que cada partido sea un juicio. El nombre y la historia tienen eso.

El equipo de Manolo Chumilla logra alargar las jornadas sin perder. El Torredonjimeno jugaba en casa y necesitaba confirmar un patrón de juego y estar a la altura del Motril que, por puntos, era el favorito.

El orden de los locales y, en muchas ocasiones, el atrevimiento, dieron al partido en la primera parte un aire de equilibrio e igualdad muy gratificante para el público de casa. El Torredonjimeno estaba jugando con personalidad y, pasara lo que pasara en adelante, esto era importante y complacía a los espectadores.  Las cosas se estaban haciendo bien y ante un buen rival que demostró, por su forma de estar sobre el campo y por la manera de aprovechar lo poco que le concedió el equipo de casa, que era un oponente de altura. A esa altura estuvo el equipo del Matías Prats y, como si se tratara de fruta madura, el gol iba a llegar después de muchos minutos de buen trabajo y de constancia. El autor, eficacia y experiencia, iba a ser Javi Quesada. Quesada en el exterior del rectángulo motrileño vio una oportunidad y no dudó. Disparo lejano y gol. Descanso.

Al regreso de las casetas comenzaría un partido mucho más trabado. Se trabó a fuerza de goles, de ocasiones y de incertidumbre. Bonito pero angustioso. Los visitantes empataron y se fueron por delante en el marcador con goles de Juan y Chendo. Mazazo para el Torredonjimeno. La grada también lo acusó. El Motril era un rival serio y parecía improbable que se les escapara el partido. Control, buena posición sobre el campo y tranquilidad en el manejo de las acciones. Era la receta de los granadinos para cerrar el choque. Casi logran su objetivo pero la fe y la convicción de los de casa concedieron una oportunidad. Se trataba de marcar o morir en la orilla. Miguelín logró el empate, en la misma orilla. Poco después terminó el partido. Sabor a victoria.

El Villacarrillo tiene un problema. Podríamos decir que es de fútbol. Parece lógico pero, a partir de este momento, puede convertirse en un problema de ánimos y de confianza. La salida a Torremolinos, en realidad ya cualquier partido, tenía que ser una manera de salir de la sequía. No lo fue. Se perdió y se perdió de penalti. Algo que, en otros momentos, podría sonar a consuelo, a estas alturas, para el Villacarrillo no lo es. Han pasado cinco jornadas y, habiéndolo tenido cerca, no ha logrado puntuar. Ya no son los puntos, que también, son las sensaciones de impotencia que puedan atenazar a los jugadores. El trabajo en este momento debería centrarse en el aspecto mental de los jugadores. Andan cerca de puntuar pero no lo consiguen. En ese punto se debería trabajar para que nadie pierda ni los nervios ni el norte. Entre cero y cinco puntos hay muchos equipos y queda mucha competición. Lo mejor sería cerrar las fugas  de ánimo, convencer a los jugadores de que no son tan malos como dice su número de puntos, cerrar los oídos y mirar poco la tabla. Poner todo a favor de su capacidad de salir de donde están y hablar mucho. Desdramatizar. Cargar el saco de la responsabilidad pero sin dramas ni urgencias. La salvación es perfectamente posible. Hay tiempo para todo si no se pierde el tiempo en lamentaciones y dudas. Lo dicho, en Torremolinos derrota por uno cero. Gol recibido de penalti.