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Mohamed Salah y la belleza del fútbol

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Eduardo Grenier.- Cuba. Un pelambre sin igual recorre la cancha a una velocidad insospechada. Apenas se nota la casaca roja, siempre por debajo de la cabeza poblada del rayo africano. Se mete por aquí y por allá, hace fintas, conduce y dispara. Es tan escurridizo que torres imponentes de más de dos metros apenas consiguen rozarlo cuando el pequeño duende pasa por su lado como una exhalación.  Es el rey de Anfield, el estadio que nunca deja solo a los suyos, allí donde un ídolo recorre la cancha con una aureola peculiar, para que medio mundo haga reverencias a su paso. Se hace llamar Mohamed Salah, el egipcio. Pero todos, absolutamente todos los enamorados de este deporte, lo confunden con el mítico dios Ra.

Salah hace que el fútbol parezca fácil. El aficionado promedio lo ve correr a su antojo, tocar el balón y destrozar las esperanzas de los rivales. Entonces se pregunta cómo diablos puede un ser tan pequeño obrar gestas tan grandes. Cuentan que la última de sus poesías sobre la cancha provocó tal estado de locura en su tierra, que los grandes millonarios de egipcios le obsequiaron mansiones y autos en forma de ofrenda. Entonces Salah realizó una de sus grandes carreras por banda, chutó a puerta y anotó el más hermoso gol: rechazó esos obsequios y pidió que todo el dinero fuera destinado a la gente pobre de su pueblo.

La última de sus «tropelías» llegó en el escenario perfecto: nada menos que las semifinales de la UEFA Champions League. El genio bajó las escaleras del estadio, observó con el rabo de sus ojos el «This is Anfield» que da la bienvenida a los jugadores mientras la afición canta a capela el mítico «You´ll never walk alone” y, casi con la piel de gallina, entró en su hábitat natural, allí donde se siente infalible: el césped más importante de Liverpool. Entonces la Roma, su exequipo, fue la víctima de quien parece que solo juega por entretenimiento. Cuatro goles que nacieron de sus botas y el brillo del Balón de Oro iluminando su rostro: los de Italia se halaban los pelos de arrepentimiento. Venderlo fue su más grande error. Salah es el ejemplo más fiel de la belleza del fútbol.