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Linares Deportivo-Real Jaén un partido a favor del fútbol

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El domingo se reedita uno de los partidos más intensos del fútbol jienense. Linares y Jaén se ven las caras y, pese a que queda media liga, se juegan todo lo que se suele jugar en estos encuentros y que trasciende a los tres puntos. El duelo será, como todos los de esta serie particular, un clásico muy largo que ya ha empezado en las tertulias, en las barras de bar y en el corro popular de los analistas. Es la vertiente más emotiva de un lance futbolístico. Se desempolvan rivalidades ancestrales, se actualizan datos, se revisan anécdotas  pretéritas y se ponen al día las sensaciones que hacen de un sencillo partido de fútbol, un espacio para imaginar glorias o desastres. Todo muy humano, muy al límite pero que jamás debe pasar del plano deportivo.

Felizmente la historia reciente nos deja una manera racional y no por ello menos emocionante de vivir estos partidos. Por fortuna las últimas ediciones del “gran duelo” han respondido a lo que se espera de dos aficiones maduras y que no necesitan ni de tontos ni de malvados lazarillos para saber cómo se disfruta un choque de la máxima rivalidad.

El fútbol, como cualquier espectáculo popular, debe ser una fiesta. El resultado es algo coyuntural que dará paso a un periodo de tiempo en el que unos se sentirán eufóricos y otros muy tristes por la derrota. Ni la alegría del que gana ni el quebrando del que ha perdido deben superar los límites del respeto al rival. El fútbol, como la vida, es una noria y ni estar en lo más alto ni estar en la parte más baja del ánimo, es para siempre. Todo gira y todos pasamos por la situación del otro.

El domingo se juega un partido de fútbol y en ese rectángulo habrá jugadores motivados para ganar. Los futbolistas tienen un reglamento al que se deben y que marca los caminos para conseguir el objetivo. El reglamento es la garantía en el campo. Al final los jugadores se van a fundir en un abrazo. Alegría o tristeza pero siempre un reconocimiento al esfuerzo del rival. La grada tiene también un reglamento y un papel. Durante noventa minutos debe animar a su equipo y romperse la garganta para empujar a los suyos. Mandar ánimo a su equipo sin reparar en los ánimos que la afición rival manda al suyo. Ese equilibrio separa a los descerebrados de la gente normal.

Una grada fría no se concibe. La pasión es una de las virtudes del fútbol y esa es la puerta por la que acceden los desalmados, los que confunden pasión con locura. Los que, reducidos a casi nada en su vida personal, buscan el foco que presta el balón los que, en definitiva, echan sus escombros sobre un espacio de convivencia y de alegría. Esa puerta hay que blindarla en partidos como el del domingo. Hay que pelear para que las familias acudan sin prejuicios ni miedos, que los niños disfruten y que no tengan que soportar ejemplos de barbarie e irracionalidad. Los complejos de los mediocres y la rabia de los necios, no pueden mezclarse con las ganas de ganar, con la diversión, con las gargantas a reventar y con el gozoso vuelo de las banderas de cada equipo.

El Linares Deportivo, el Real Jaén y sus aficiones deben componer un cuadro de pasiones deportivas que, al final, concluya con la firma de un abrazo y la fecha para otra cita. El fútbol es un punto de encuentro emocional y no la excusa para rebajarse a los pies de los caballos.